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6 Como Colocar Sofá De Canto Na Sala

Al hablar de erotismo, los teóricos parecen haber agotado su potencial reflexivo. Bataille (1957: 36) asocia el erotismo al encuentro del cuerpo con su finitud (alcanzando el placer ascético), Sade se enfoca en la perversión sexual,1 Octavio Paz en La llama doble2 une sexo, erotismo y amor pero todo eso siempre desde una perspectiva heterocentrada. Con los avances lésbico-feministas de la segunda mitad del siglo XX, ya no se puede hablar de un erotismo ocultando la perspectiva de género.

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Foucault, en La voluntad del saber (1976), inculca la sexualidad en su contexto histórico, de ahí que el deseo, sea sexual o no, sea un producto social dependiente del contexto. No se puede dar una definición universal del erotismo, es una construcción social que evoluciona constantemente. La fuerza del erotismo es su poder sugerente que lo inserta en la realidad concreta y a la vez en los sueños y fantasmas. La sexualidad inserta el erotismo en lo concreto (el cuerpo siendo la prueba física de la existencia humana) mientras que los fantasmas y la sugestión lo insertan en el mundo simbólico.

Cabe definir lo que es la simbología erótica lésbica y sobre todo descartarla del modelo heteronormativo. El erotismo lésbico no es una transposición del erotismo heterosexual puesto que no reproduce la relación vertical hombre/mujer. Igual que el erotismo francés no es el erotismo cubano. De ahí deducimos que tenemos que analizar el contexto histórico desde una perspectiva de género para proponer una definición del erotismo lésbico cubano. Me apoyaré, para ello, en las obras de la autora Sonia Rivera-Valdés, nacida en Cuba y exiliada a los Estados Unidos en 1966. Ahora profesora de literatura en Cuny, City University of Nueva York, ella publicó Las historias prohibidas de Marta Veneranda en 1999 e Historias de mujeres grandes y chiquitas en 2003.

La primera obra se compone de una nota aclaratoria en la que Marta Veneranda se presenta como estudiante de sicología que tiene que acabar su doctorado sobre “lo prohibido”. Decide entrevistar a personas cubanas (mayoritariamente femeninas) que viven en los Estados Unidos para que revelen sus experiencias vergonzosas. De ahí, cada cuento corresponde a una experiencia que borda las fronteras de la marginalidad. La segunda obra se compone de diez cuentos que dejan ver a unas mujeres liberadas de la opresión social. La relación lésbica ya no forma parte de lo “prohibido”. En las dos obras existen relaciones amorosas y amistosas entre mujeres pero suelen ser entre una cubana isleña y una exiliada, reforzando así la noción de cubanía.3

Veremos, primero, que en las obras de Sonia Rivera-Valdés el erotismo lésbico es tan importante a nivel de lo simbólico como de la sexualidad, y también insistiré en las nociones de transgresión y resistencia del erotismo.

 

1. Manifestaciones del erotismo en las obras

1.1. Erotismo e imaginación

La imaginación desempeña un papel fundamental a la hora de analizar lo que es el erotismo. El arte que sea literatura, pintura, música o baile son terrenos propicios para el desarrollo del poder imaginativo que nos aleja de la realidad social para hacernos adentrar en el mundo simbólico y onírico.

Así, la música cubana tiene una importancia preponderante en las obras de Sonia Rivera-Valdés. Pablo Milanés, Silvio Rodríguez y también Lucecita Benítez nos llevan al ritmo de Cuba. En “Cinco ventanas del mismo lado”, Mayte, exiliada desde pequeña en los Estados Unidos, escucha música con Laura, su prima, que vino a visitarla. Mayte pone un bolero de Marta Valdés, convirtiendo su espacio físico (el salón) en una bula onírica propicia al placer erótico. Las letras de la canción se insertan en el texto narrativo. El espacio físico se une al espacio onírico de la música, creando un intersticio erótico: “De repente, sin proponérmelo, presté atención a las palabras: Sabía que te acercabas aunque no te vi llegar, todas las aves del monte me vinieron a avisar” (Rivera-Valdés, 1999: 20).

Las letras de la canción se confunden con los pensamientos amorosos de la mujer. La música romántica empuja a las dos mujeres sobre los pasos del baile: “Bailamos. Muy juntas. Nunca había bailado así con una mujer, las caras rozando. Era muy suave. Avanzaba el bolero y nosotras bailábamos más lento y más cerca. Si sabes que soy tuya, que yo te pertenezco, que nada en este mundo hará cambiar lo nuestro” (Rivera-Valdés, 1999: 20).

Los sentidos humanos forman parte de la construcción del erotismo lesbiano. En efecto, la música sensibiliza el oído de la mujer que, luego, expresa sus sentimientos mediante los movimientos del cuerpo. La fuerte sensibilidad que se destaca de este fragmento es reveladora de la complicidad entre dos mujeres que tienen las mismas raíces pero que han evolucionado en contextos distintos. Si, al principio, Mayte desconoce a Marta Valdés porque ya no vive en Cuba, se acomoda rápidamente a la canción. Además le propone un disco aun más romántico de Lucecita Benítez:

Al terminar el disco llevábamos como tres canciones besándonos, sin dejar de mover las caderas al compas de la música. Me deleitaba la suavidad del cuello, de los brazos, de la espalda. Una sensación tan distinta a la de abrazar a un hombre. No dejaba de pensar en eso (Rivera-Valdés, 1999: 21).

El baile tiene una fuerte relación con los juegos de mirada que alimentan la seducción erótica. Al tener una relación lesbiana, es la temática del espejo la que se pone de realce. La mujer entiende perfectamente las esperanzas de su compañera: es una alteridad perfecta. En “Cinco ventanas” la aliteración en “o” hace resaltar la mirada admirativa de cada una de la mujeres: “Apartó su cara de la mía y me miró a los ojos sin pestañar, siempre abrazadas. Sólo me miró, no hubo otro gesto” (Rivera-Valdés, 1999: 21). La mirada, en este caso, es un medio de comunicación entre dos mujeres que no se atreven a entablar una seducción abierta; es decir, expuesta a la mirada de los demás. La mirada también puede tener un significado más crudo en el sentido de que puede referirse a la penetración. Penetración íntima que se aparenta a la penetración sexual pero desde una perspectiva lesbiana.

El sueño y la imaginación son fundamentales porque la mayor parte de las relaciones lesbianas se hacen a distancia. Martirio, 54 años, y Rocío, 24 años, es la pareja emblemática de las dos obras de la autora. Están presentes en la obra de 1999 “La más prohibida de todas” y también en el cuento de 2003 “La semilla más honda del limón”. Martirio, cubana exiliada, vuelve a Nueva York dejando a Rocío en la isla. De ahí, sólo se quedan los recuerdos de la relación amorosa y también los sueños. Las dos, cuando están juntas, alcanzan “el diálogo perfecto” que se opone al “monólogo” del ex novio de Martirio. El erotismo lésbico también pasa por una comunicación perfecta, una connivencia entre las dos mujeres que sea con los ojos y también con las palabras. Los cuerpos de las mujeres fusionan para alcanzar la unidad perfecta.

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El sueño puede ser también una manera de vivir una relación homoerótica como es el caso en “Caer en la cuenta”. La narradora explica cómo ha nacido el deseo por su compañera de trabajo, la guapa Zobeida. La frontera entre amistad femenina y relación amorosa lesbiana es franqueable y permeable. La narradora emplea el pronombre “nosotros” para contar lo que es la transposición de su deseo prohibido: “nos impacientábamos”, “ya sabíamos”, “las dos éramos cubanas”. La complicidad entre las mujeres nace gracias a la mirada: “La miré estupefacta (…). Respondió mirándome a los ojos (…). Nos mirábamos a los ojos por unos segundos y cambiábamos la vista a los árboles” (Rivera-Valdés, 1999: 73). El juego erótico entre las mujeres pasa por el reflejo de las miradas: los ojos se contestan insinuando un posible gozo, un cumplimiento de un deseo vergonzoso.

 

1.2. Erotismo y sexualidad

Si la sexualidad heterosexual se caracteriza por la dominación del hombre en las obras de Sonia Rivera-Valdés, la relación erótico-sexual lesbiana es distinta. En efecto, se trata más bien de una sexualidad asumida e igualitaria. La relación entre las palabras y el sexo es un nuevo componente en la definición del erotismo lésbico. En “La más prohibida de todas”, la narradora explica que es “una sexualidad erigida sobre las palabras”. Y agrega: “creo que sin la narración no hubiera habido ni erección ni orgasmos” (Rivera-Valdés, 1999: 127). La narración participa claramente en el desarrollo del erotismo. La oralidad es tan importante como el sexo. Las mujeres de la autora hablan mientras hacen el amor para contrarrestar el silencio impuesto por los hombres en las relaciones heterosexuales y por la sociedad en un modelo heteronormativo. Además, la oralidad de las palabras suena como un canto, la voz susurrada por una mujer sería la erotización de una canción, igual que un bolero cubano: el canto de la mujer sirena que atrae a su compañera para hacerla gozar. En “El quinto río”, Catalina hace muestra de su potencia erótica:

Por ejemplo, si yo me fuera a la cama contigo ahora, lo único que quisiera es chuparte aquí —y me pasó despacio la punta de los dedos por la coyuntura que une el brazo con el antebrazo— y aquí —y pasó despacio la punta de los dedos por la corva de la pierna mía que más cerca de ella quedaba en el sofá en que, cada una a un extremo, nos reclinábamos (Rivera-Valdés, 1999: 165).

No obstante, las palabras de las mujeres pueden ser crudas sin dañar al componente erótico de la situación. En “La más prohibida de todas”, Martirio explicita lo que va hacer sexualmente con su compañera pero sin demostrar cualquier dominación. Su objetivo es el gozo de su compañera:

Sentadas una encima de la otra, frente a frente, coloqué una mano en cada muslo suyo y los fui separando mientras le decía en voz baja y despacio:

—Ábrete, rica, enséñale a tu mami todo lo que tienes guardadito entre las piernas y que tú sabes es mío aunque te resistas. Déjame ver esa florecita que voy a comer poquito a poco.

Abrió las piernas siguiendo el juego, dócil, húmeda, y dejó entrar mis manos mirándome a los ojos. Entonces susurró:

—Mírame bien, mi reina, estoy como tú quieras, para ti solita, para que me goces. Ahora tú me vas a dar a mí lo mismo. Deja los dedos donde los tienes y abre las piernas tú, déjame verte yo a ti ahora, fíjate lo buena que soy yo contigo, vas a ser tú igual conmigo, dámelo, mami, como yo te lo estoy dando a ti (Rivera-Valdés, 1999: 145).

Uno de los motivos literarios eróticos y lésbicos son los dedos y el sexo femenino comparado con una flor que la abeja va a libar. Los dedos son “los órganos vitales”, como suele calificarlos la poeta Tatiana de la Tierra;4 es decir, que participan en el desarrollo de la sexualidad/sensualidad entre mujeres. El placer sexual forma parte también del erotismo lesbiano en las obras de Sonia Rivera-Valdés.

El erotismo lésbico se manifiesta mediante la música, el baile, los juegos de mirada. Es también una sexualidad asumida por parte de las mujeres. Pero, más allá de la sensualidad de la escritura, la autora cubana utiliza el erotismo para transgredir los cánones literarios y sociales con el fin de luchar contra la hegemonía de un modelo aceptado por todos, reforzando así la noción de cubanía.

 

2. El erotismo lésbico como transgresión y resistencia

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2.1. La transgresión

Las parejas exiliada/isleña, como Mayte Perdomo-Lavalle y Laura en “Cinco ventanas del mismo lado”, o también Martirio y Rocío en “La más prohibida de todas”, son emblemáticas de esta relación prohibida. En efecto, lo “prohibido”, para la autora, es lo que a una persona le parece tan vergonzoso que no lo puede contar a nadie. La relación lesbiana forma parte de “lo prohibido” hasta que las mujeres decidan confiar en Marta Veneranda para relatar sus experiencias lesbianas. Así que los relatos sean ellos mismos transgresión, porque develan algo prohibido. El contenido erótico de las experiencias es censurado por las mujeres. Primero, por ser mujer es difícil asumir una sexualidad, sobre todo si es lésbica; además, por haber vivido en la dictadura castrista, bastante represiva en cuanto a los homosexuales, es aun más difícil. La mujer lesbiana de Sonia Rivera-Valdés se autocensura pero finalmente la reconstitución de un ambiente propicio a la confesión le permite revelar su secreto.

El hecho de que las relaciones lesbianas sean entre exiliada en Estados Unidos e isleña es una manera, para la autora, de reforzar la noción de cubanía. En efecto, las mujeres cubanas, incluso las que se exiliaron (desde pequeñas o tras la revolución), se unen mediante el erotismo lésbico. La construcción dialéctica de la identidad cubana es fundamental puesto que el exilio es una realidad. Sin embargo, la cubana exiliada sigue siendo cubana aunque su identidad es fragmentada. Según el escritor y ensayista francés Édouard Glissant, es “una identidad-rizoma” (Glissant, 1995), por oposición a la identidad-raíz que lo mata todo a su alrededor en vez de ramificarse con las otras raíces. En efecto, la identidad cultural de una persona no puede estar únicamente vinculada con su país de nacimiento sino también con su país de acogida. El erotismo lésbico participa en la creación de un espacio ideal en el que las mujeres reencuentran sus raíces cubanas reforzando su cubanía. Cabe señalar que este espacio es el de la marginalidad; es decir, el espacio de todas las transgresiones que no son toleradas por el régimen político o, más generalmente, mal vistas por la sociedad. Por ejemplo, en “El olor del desenfreno”, un hombre tiene una relación sexual con una mujer obesa que huele a peste, pero el erotismo es tan fuerte que aniquila el olor y provoca el deseo sexual. Sonia Rivera-Valdés nos quiere enseñar que el erotismo de la marginalidad forma parte del erotismo cubano.

El ensalzamiento del componente erótico de la música cubana es también un medio para contrarrestar la hegemonía americana. En efecto, la fascinación de los cubanos por los Estados Unidos es una realidad. Por ejemplo, en “Entre amigas”, la narradora cuenta que el hecho de que su tío exiliado le mandara varios regalos la incitó a que se exiliara. El sueño americano se convierte en sueños lésbicos y eróticos. El erotismo es una herramienta para renovar la definición de la cubanía. Unas de las particularidades del erotismo cubano son sus orígenes españoles y africanos. Estos orígenes influencian claramente la formación del erotismo cubano incluso en el siglo XX mediante la música. Mariela Castro5 insiste justamente en la particularidad del erotismo cubano durante un debate público en 2008:

Como en todas las culturas, el erotismo tiene sus códigos que se normalizan para ambos sexos, y a partir de ahí se desprenden todos los juicios de valoraciones y la aceptación de los roles de género. Desde niños nos enseñan cuáles son nuestros guiones asociados al componente erótico que podemos o no expresar, a pesar de este aspecto general en la mayoría de las sociedades, en la cultura latinoamericana, caribeña, y más específicamente, cubana, tenemos influencias culturales que nos llegan desde el sincretismo religioso yoruba-español, donde existe un fuerte componente erótico en los movimientos de las danzas, en sus historias, en los vínculos con la naturaleza, las contradicciones humanas, los malos deseos, los anhelos, los sufrimientos.

Así, colocando el cuerpo y la música en el centro de su obra, Sonia Rivera-Valdés lucha contra la hegemonía americana poniendo de realce los orígenes de Cuba.

De ahí que el erotismo lésbico cubano resista a la hegemonía americana alimentando la noción de cubanía. Al describir relaciones lesbianas, la autora cubana se opone a la imagen de la pareja perfecta y del amor estereotipado vehiculados por el cine de Hollywood de los años 50:

El problema fue que en sueños y despierta andaba vehemente detrás de un amor imposible, avasallador y único que consumara mi destino de heroína de cine, y en la búsqueda me enredé con un montón de hombres, casi todos casados, para terminar frustrada y en ocasiones metida en unos líos que no quieras tú saber… (Rivera-Valdés, 1999: 110).

En la segunda obra de la autora, el erotismo lésbico es pervertido con la otra faceta del erotismo: la prostitución. En “Azul como el añil” unos americanos pagan para ver a las mujeres tener sexo entre ellas. El erotismo es pervertido por el dólar: “Llegaron a El Reloj, en la carretera de Rancho Boyeros. Reconoció el lugar porque en las tertulias de su mamá, y entre las compañeras de escuela, se comentaba que allí iban los americanos para ver a bailarinas de mambo tener sexo entre ellas” (Rivera-Valdés, 2003: 149).

Sin embargo, la autora demuestra que los Estados Unidos forman parte de la cultura cubana, como lo corrobora la expresión del periodista y profesor cubano Luis Aguilar León: “Cuba está en todas partes. Miami es Cuba, Cuba es Miami, los cubanos son hermanos” (Aguilar León, 1997). La construcción de la identidad cubana entre dos continentes es simbolizada por las relaciones lesbianas que estriban en el amor/odio e ilusión/desilusión.

Sonia Rivera-Valdés utiliza el erotismo lésbico para criticar la hegemonía americana pero también la dominación masculina y la hegemonía del sistema heteronormativo.

 

2.2. Erotismo lesbiano: respuesta a un modelo heteronormativo

Las relaciones heterosexuales en las obras son siempre relaciones de dominación. A través de estas relaciones notamos la jerarquización que existe entre los dos sexos. En “Entre amigas”, la narradora cubana está casada con Joe, un americano alcohólico. Este hombre la maltrata físicamente y sicológicamente, incluso durante su embarazo: “Una noche, al regresar, después de las preguntas me pegó una bofetada, me agarró el vestido por los hombros y me alzó con tal brusquedad y rabia que tuve marcas en las axilas por días. Yo ya estaba pesada con la barriga” (SRV, 1999: 43).

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La sumisión sexual también es un elemento característico de las obras de la autora cubana. Martirio, en “La más prohibida de todas”, se deja llevar por hombres mayores para tener sexo con ellos: “Los dejaba hacer casi todo lo que les placía y sólo resistía cuando trataba de voltearme y poner por detrás lo que con mayor frecuencia se pone por delante. Eso lo permití hacer hasta años después, ya fuera de Cuba” (SRV, 1999: 113).

Martirio se somete a todas las fantasías de los hombres porque cree que se van a enamorar de ella, pero sus ilusiones se desmoronan. Estos fracasos vienen de la concepción machista de la mujer/objeto en la sociedad cubana posrevolucionaria. Las mujeres al huir de Cuba esperan una vida mejor pero finalmente los Estados Unidos se convierten en una distopía. En efecto, el hombre que sea cubano o americano ejerce una dominación sobre la mujer. El caso de Martirio es concluyente porque en Cuba se sometía sexualmente a los mayores; pero, una vez llegada a los Estados Unidos, encontró a Mark, un hombre muy egoísta que no quería saber nada de ella. Sonia Rivera-Valdés pone de relieve la insatisfacción sexual de Martirio, que se compró objetos sexuales, lo que provocó la ira de Mark: ella había retado su virilidad. La autora intenta destruir los prejuicios sobre los roles sexuales con las relaciones lesbianas. Son relaciones que permiten a las mujeres conocerse a sí mismas y también redescubrir su cuerpo. El erotismo de las relaciones homosexuales permite contrarrestar la dominación masculina.

El erotismo lésbico es también una herramienta para colocar a la mujer en el centro de las preocupaciones de la autora. Ésta define nuevos arquetipos literarios con el fin de crear nuevos modelos de mujeres que ya no son objetos sino promotoras de su propio deseo. Las mujeres personajes de la primera obra, Las historias prohibidas de Marta Veneranda, son las narradoras de sus experiencias. Pero Martirio, que había contado su historia a Marta Veneranda en el primer libro (“La más prohibida de todas”), decide en el segundo, Historias de mujeres grandes y chiquitas, escribir su propia obra. Si en la primera obra estábamos en la confidencia personal de una experiencia erótica lésbica, en la segunda las mujeres asumen el deseo lésbico experimentado: asumen su voz narrativa y de hecho su sexualidad.

La forma testimonial de los relatos forma parte del erotismo de la resistencia. Su objetivo es denunciar y enseñar. Aileen Schmidt cita a Raymond Williams en Mujeres excéntricas: la escritura autobiográfica en Puerto Rico y Cuba, e insiste en que: “Los textos testimoniales son la expresión de protagonistas marginales que han estado excluidos y desautorizados por los discursos oficiales: los/as niños, los/as indígenas, las mujeres, el proletariado, los criminales…” (Schmidt, 2003: 114).

La forma testimonial de las obras que oscila entre biografía y autoficción6 tiene un contenido político:

La validación de la individualidad dentro de la colectividad enajenada del exilio, una masa sin identidad, manejada por los intereses del gobierno norteamericano. La escritura testimonial representa aquí una forma de liberación de la dominación política de Estados Unidos y una afirmación de la cubanidad (Schmidt, 2003: 114).

Así, el erotismo lésbico de los testimonios de las mujeres-narradoras va más allá de la exposición de una sexualidad; es una resistencia frente a un modelo hegemónico histórico-cultural o sexo-cultural, es decir, americano o heteronormativo.

Las mujeres-personajes de Sonia Rivera-Valdés transgreden las reglas de “lo prohibido” al contar sus relaciones sexuales con otras mujeres. El erotismo que se destaca de las obras es una resistencia a la aculturación (total) americana y también una manera de contrarrestar el modelo heteronormativo. La autora cubana se alza contra la hegemonía de un sistema que domina a la mujer favoreciendo la experiencia íntima de las personas consideradas como marginales.

 

Bibliografía

 

Notas

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